El Protocolo Familiar como proceso

En el contacto diario con las empresas de familia son muchas las preguntas que se suscitan en torno al protocolo familiar, a su utilidad practica, a la conveniencia o no de llevarlo a cabo, a la fuerza legal que puede tener, etc.

Más allá del interés que despierta entre las familias, queda claro que su aplicación practica sigue provocando muchas dudas que necesitamos resolver para darle la importancia que merece, puesto que bien gestionado puede ser muy eficaz.

El protocolo es sin duda una herramienta muy útil, que ayuda a dar forma al proyecto conjunto de la familia en relación a la empresa, si bien por si solo no es ninguna formula mágica, para que verdaderamente tenga efecto tiene que formar parte de un proceso y no ser un mero suceso.

Antes de entrar en materia respecto a la forma de llevarlo a cabo de manera adecuada, veamos que es y que posibilidades ofrece.

De forma sencilla podemos decir que el protocolo familiar es un documento que regula las relaciones entre la familia y la empresa, es decir es un conjunto de acuerdos que recoge las voluntades de la familia respecto a sus normas de funcionamiento.

Su formato es bastante flexible, dependiendo del tipo de familia, de su tamaño y del alcance que se le quiera dar, puede ir desde una simple carta de intenciones firmada por todos los miembros de la familia, hasta un contrato entre las partes, incluso puede ser elevado a público si así se desea.

Pero más allá del formato legal que se pacte, la verdadera fuerza está en el proceso de dialogo que la familia siga para llegar a ese acuerdo, de lo contrario será un mero contrato y no podríamos hablar de un Protocolo propiamente dicho.

Cuando observamos la mayor parte de los conflictos que se producen en familias que disponen de protocolo, el punto común casi siempre es el mismo, firmaron un contrato sin apenas dialogo y sin personalizar sus intereses, por lo que cuando se producen diferencias entre sus miembros, no saben que hacer al respecto y el único camino que les queda es recurrir al Protocolo para actuar contra la otra parte. Es decir el Protocolo lejos de ser un elemento de ayuda se convierte una arma arrojadiza que unos utilizan contra otros.

Por el contrario aquellas familias que basan su relación en la confianza, afrontan el dialogo con generosidad y respeto, de manera que lo que finalmente acuerdan incluso siendo el resultado de numerosas cesiones, estas quedan zanjadas con la firma, de manera que cuando se producen diferencias, ya han sido previstas y rara vez surge el conflicto.

El Protocolo es por lo tanto un ejercicio de anticipación, que favorece unas relaciones familiares más fluidas y facilita la resolución problemas por el espíritu abierto con el que se ha llevado a cabo

Suele decirse que el Protocolo no evita el hecho de que se produzcan intereses contrarios, pero si evita el conflicto, ya que hemos previsto como actuar en cada caso.

Por ultimo es importante señalar un error habitual en algunas familias, el que lleva a pensar que puesto que se trata de un contrato la mejor señal de que funciona bien, será que una vez firmado vaya a parar a un cajón y se quede allí para siempre.

Aunque desde el punto de vista legal puede ser así, normalmente lo que ocurre es que se deja caer en el olvido pensando que la firma es el punto final del camino y es a partir de ese momento cuando empieza el verdadero reto.

Con este enfoque podemos asegurar que el Protocolo no es el final sino el principio de un nuevo camino para la familia empresaria en el que afianzar su relación y fortalecer su empresa.

Fuente: www.unipymes.com

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